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kms & kms de magia, mucha magia.

"...Es un pasaje de ida, aunque tengas el ticket de vuelta. Ya no volverás a ser el mismo"

Bendita incomodidad que me hizo mover. Que me sacó de esa zona conocida. Que me permitió ver

que debajo de la cobija de papá y mamá, estaban mis propias alas, esperando ser desplegadas.


Una niña y adolescente muy tímida, introvertida, callada, observadora, que por mucho tiempo le costó lo social, mostrarse, expresarse. Pero que sin duda construía adentro las ganas inmensas de salir al mundo, explorar, y desafiarse. Solo que había algo ahí que la bloqueaba..su propia inseguridad.

Estudié diseño gráfico en la UBA. Hermosa carrera que no terminé, me quedaba solo un año para finalizar, cuando me fui. Trabajé siempre en imprentas y de forma freelance. Crecí rodeada de resmas de papel y máquinas de imprimir, ya que mi papá es gráfico

y he trabajado con él desde el secundario.


En 2012, hice mi primer viaje largo a México y Guatemala por 6 meses. Apenas volví a Argentina, sentí que me había faltado más, tenía ganas de seguir explorando. Pero me metí en el sistema nuevamente, trabajo+estudio y el tiempo empezó a pasar. Quizá por el hecho de esperar a irme con alguien, o quizá eran los miedos a dejar todo, miedo al qué dirán.. los años pasaban pero yo seguía con esas ganas adentro. Hasta que en verano del 2016 hice un viaje sola sola, de vacaciones a Uruguay. Agarré mi mochila y me fui a recorrer la costa de Rocha. Fue muy hermoso ese viaje. Ahí sumé toda la confianza que necesitaba.

Y fue el impulso para al año siguiente finalmente emprender vuelo.


“te vas a ir, y la facultad?” “te queda sólo unas materias”, comentarios que me hacían, y que yo me hacía. Me costó mucho tomar la decisión sinceramente. No fue nada fácil, tenía muchos miedos, el irme sola pesaba mucho, además de dejar la facultad con todo el esfuerzo que me había llevado esos años. Mi círculo de amistades ya tenía su departamento, su trabajo, su auto, algunos con hijos. Por ese lado también fue difícil, el salirse de lo convencional, de lo cultural de “hacer para pertenecer”. Tuve muchas dudas, y sentimientos encontrados, pero yo necesitaba un cambio, lo sentía. ¿Por qué esperar más?


“…¡Vos andá agus, tenés que hacerlo! Lo peor que puede llegar a pasar, es que te quieras volver. YY?

bueno volvés, acá estaremos para recibirte nuevamente. ¡Pero lo habrás probado, y experimentado! ...”

Mi hermano me dejó esa frase, que hoy en día es mi cabecera. Después de más de  6 años de estar viajando,

me emociona estar escribiendo esto. Esa frase fue un gran impulso, y en mi presente es mi gran guía.

Si todo el tiempo pensamos en todo lo que podría llegar a pasar, nuestra mente es experta en crear todas

las películas posibles por las cuales no haríamos nada, porque ante todo nos paramos en el NO.

A través de la negación nos protegemos, y sentimos alivio.

La vida es para hacer todo lo que nos propongamos. Soñar, visualizar, animarse y probar.

Los saltos y las caídas siempre van a estar, pero formaran parte de nuestro fortalecimiento.

Si es con energía y motivación, pero sobre todo si uno lo siente, todo en algún momento se alinea y se da.

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En mi caso mi familia fue un gran apoyo, y base esencial para yo poder tomar esa decisión. Siempre motivándome y estando en todo. Muy presentes, mucho amor. Nos acompañamos siempre.

Aunque estemos lejos, estamos muy cerquita y eso algo que agradezco absolutamente todos los días.  


Así fue, en febrero de 2017, emprendí viaje a Nueva Zelanda. Un país que hasta pocos meses antes no existía en mi mapa. Ni estaba en mis planes y encima otro idioma. Pero mi cuñada había hecho la Working Holiday Visa unos años atrás, y fue por ella que mi destino terminó siendo ese. Una locura hermosa, aún sigo enamorada de sus islas. Viví un año y medio en tierras Maori, haciendo de todos los trabajos posibles; como en el campo juntando fruta, de camarera en restaurantes, limpieza en hoteles y hostels, y hasta en una embotelladora de vinos. Todos trabajos temporales, mientras iba recorriendo el país. Y conociendo mucha gente. Desde el mismísimo primer día que llegué ya me hice amigos con los cuales luego trabajé, viví y hasta me fui al sudeste asiático unos meses. Increíble primer viaje por Asia, Tailandia, Vietnam y Camboya.

Luego de mi paso por Nueva Zelanda, aterricé en Australia. Es que sí, si haces uno, haces el otro. Otra locura hermosa, de la que todavía me sigo sorprendiendo y asombrando.. wow, Oceanía! Tremendos cuatro años, pandemia de por medio, en el país de los canguros. Trabajando de todo, y casi habiéndolo recorrido entero. Muchísimos kilómetros, todo en auto, de punta a punta. Todos los paisajes, zonas muy remotas, desierto, tierra roja, selva, clima tropical, frío y calor extremo, animales nunca antes vistos y que ni me imaginaba ver. Playas con alerta de tiburón y cocodrilos. Tantísimos amigos, y vínculos muy profundos, de los cuales hoy, sin importar distancias, estamos más presentes que nunca. Incontables aventuras, experiencias y vivencias. Algo que ni yo aún creo que viví. También volví por segunda vez al Sudeste Asiático, donde viajé por Indonesia (país del cual me enamoré de sus tierras, su gente, su mística, y su energía) y Malasia.

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Desde que decidí arrancar viaje allá por el 2017, tuve la suerte de poder volver cada año a visitar a mi familia.

En cada ocasión con la adrenalina de sorprender a alguien. La primera vez (febrero 2018) fue a mi hermano

y cuñada, que se casaban, y cómo no estar ahí para tal evento!. Recuerdo haber trabajado en una

embotelladora de vino, en Nueva Zelanda haciendo jornadas de 12 hs, para juntar el dinero y poder viajar. También sorprendí a mi prima, en la puerta de su departamento.

Hacía un año exacto que me había ido y nadie entendía nada. Qué felicidad esos reencuentros!


La segunda vez que volví (diciembre 2018), había fallecido mi abuelo y necesité estar cerca de mi familia. Aunque uno esté viajando, y la mayoría piense que se está de fiesta constante, estar lejos no es fácil, aunque uno lo elija. Uno pierde la presencialidad diaria con los suyos, y hay personas especiales que cuando uno vuelve ya no están. Y eso es muy duro, lo aseguro.


En 2019 fue el turno de mis padres. Ya viviendo en Australia y luego de un increíble viaje por el Sudeste Asiático y unos días en Barcelona, caí en Buenos Aires. Recuerdo salir del auto de mi hermano (que me había ido

a buscar a Ezeiza), mis padres parados ahí en la puerta de su casa, y casi se me desmayan.

Esa alegría, esos abrazos, esos “no lo puedo creer” con caras desbordadas de felicidad, aún me emocionan.

Son momentos únicos e inolvidables.


Volví a Australia a fines del 2019, y la Pandemia llegó. Por suerte vivía en un pueblo muy remoto en

el estado del sur, y la verdad ni viví lo que realmente fue. Pero sí, tuve mucho miedo, sobretodo por mi familia. Esa incertidumbre, ese desentendimiento de lo que sucedía, el desastre de muertes en otros países, estar hablando las 24 hs del mismo tema, y en estado de alerta constante, fue agobiante,

aun así, no habiendo pasado por lo que otros si vivieron.


Así pasaron los años y recién el año pasado (2022), cuando se abrieron las fronteras, luego de

casi tres años, volví a Argentina de visita. (Previo una estadía en indonesia a hacer el Yoga Training).

Se extrañaba muchísimo, se necesitaba mucho esos reencuentros.

Volver de visita tiene el sabor especial y único, de la sorpresa, del calor de los abrazos tan extrañados,

de compartir mates con los viejos, juntadas con amigos y familia. Caminar las calles de mi pueblo.

Sentir el folklore Argentino, ese no sé qué que tenemos, indescriptible, que nos hace únicos.

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Hoy (2024) luego de una experiencia en Costa Rica, y estar unos meses en Australia, me encuentro en Argentina nuevamente, y escribiendo esto! Planeando estar unos meses aquí, ya que nuevos proyectos se están gestando y necesito estar un tiempo sin moverme para hacer base, y volver a partir lista para ofrecer al mundo aquello que mi alma está preparando. (Aunque todo puede cambiar en segundos – pues así es la vida del viajante-
Siempre abierta a que el rumbo pueda virar. Porque cuando uno se entrega a las infinitas posibilidades,
los caminos se abren hacia los sueños).
 
Amo profundamente mis colores, y con orgullo y mucho amor siempre digo que soy Argentina. Pero hoy elijo seguir viajando, saboreando la incertidumbre de lo que vendrá, largándome a lo desconocido constantemente, empapándome de nuevas experiencias a cada paso, abrazando cada instante, y haciendo oído a nuevas historias de amigos viajeros que invitan a seguir y seguir. Porque es inagotable, el mundo se abre, pero se hace posible,
se acerca, y todo va sucediendo y encadenándome perfectamente.
Viajar no es todo color de rosas, y estar lejos de la familia pesa mucho. Uno se pierde de muchas cosas. Seres que ya no están cuando uno vuelve. Los años pasan para todos y el no estar en lo cotidiano se siente.
 
Viajar, es navegar las emociones constantemente, se vive muy intenso todo.
Creces o creces, y a pasos agigantados.
 
Se cambia mucho en poco tiempo, se da vuelta todo. Pero así, es como se vuelve todo más sencillo, (sencillo no quiere decir fácil) porque se cultiva el desapego. Desde la dependencia hacia un otro, hasta la cantidad de cosas que uno tiene. El equipaje siempre liviano. Se coleccionan momentos y no cosas. El desapego nos lleva a estar más con uno. Volver a la lealtad de sí mismo. La toma de decisiones es continua, porque el plan ya no es plan apenas se comparte, las experiencias de otros van armando tu viaje incluso. Los vínculos se arman desde esa liviandad, y la conexión es por debajo de una profesión, laburo, edad, sexo, origen. Cada historia es una inspiración. Las amistades se hacen fuertes, (aunque quizá no se haya compartido tanto).
Pero se entiende que la química surge en la calidad y no en la cantidad.

viajar

Es muy transformador, y deseo que todos alguna vez

en su vida experimenten un viaje solos.


Es un pasaje de ida, aunque tengas el ticket de vuelta.

Ya no volverás a ser el mismo.

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